Restaurando el corazón Pt.2

Como ya sabéis, en breve publicaré mi tercer libro titulado “Gracias, la llave maestra“, en el que describo la importancia del agradecimiento en nuestras vidas, y profundizo en el concepto de nuestro corazón, como el lugar desde el que nace el agradecimiento genuino. Aquí os dejo un extracto del capítulo “Restaurando el corazón“. Espero que os guste.

El proceso de restauración del corazón implica, no sólo la voluntad de Dios para sanarnos, sino su expectativa de que seamos proactivos a la hora de “guardarlo” o cuidarlo (Vea Proverbios 4:23). Por tanto, veamos algunas de nuestras responsabilidades al respecto.

El mandamiento perfecto (Pt2)

¿Qué es el pecado, y por qué dice la biblia que nos esclaviza? El pecado es toda actitud, pensamiento, palabra o acción que produce muerte espiritual en nuestro corazón, la cual tiene como consecuencia, o es en sí misma, la separación de Dios.

Por esto afirma el Apóstol Pablo que la paga del pecado es la muerte, pero no se refiere a una muerte física, por lo menos no instantánea, sino a la muerte espiritual, aquella que afecta nuestro corazón. Sin embargo, la muerte física es una de las consecuencias que produjo el pecado original que tuvo lugar en el Edén, en la vida de la primera pareja de seres humanos.

¿Recuerda de dónde mana o fluye la vida de Dios? ¡Exacto! La vida espiritual o de Dios fluye de nuestro corazón. De modo que si existe muerte espiritual, esta se produce en nuestro corazón. ¿Cuál es el antídoto para esta muerte espiritual? Es el don o dádiva de Dios, la cual es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Pero en este punto surge una pregunta entonces, si el pecado, la concupiscencia y los deleites nos mantienen esclavizados, ¿cómo podremos acceder a esa libertad que se encuentra en Jesús? y más aún, ¿cómo podremos cumplir con el mandamiento perfecto de amarle con todo nuestro corazón, si este está esclavizado al pecado?

Una vez más, Dios muestra su misericordia para con nosotros, y su perfecta voluntad de hacernos volver a Él, a través de la siguiente verdad:

Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. (1ª Juan 4:19)

Dios conoce nuestras debilidades y nuestra propensión a pecar. Esto es lo que conocemos como concupiscencia, la inclinación natural a pecar, incluso sistemáticamente, en una o varias áreas. Es una atracción que excede nuestra propia voluntad, y nos impulsa, nos empuja, nos arrastra, a cometer algún tipo de pecado. Definitivamente esta es la confirmación de que la concupiscencia y el pecado condicionan nuestra libertad, y pueden llegar a enseñorearse de nosotros, convirtiéndonos así en sus esclavos.

Pero qué bueno que Dios sabía que no podríamos liberarnos por nosotros mismos, así que preparó el camino para que tuviéramos acceso a nuestra liberación, por medio del sacrificio expiatorio de su hijo Jesucristo en la cruz.

Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto. Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo (Hebreos 7:22-27)

¡Qué gran noticia! Jesús, el hijo de Dios, nos enseña que el mandamiento perfecto es que amemos a Dios con todo nuestro corazón, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, pero no sólo nos lo enseña, sino que nos lo demostró por medio de su sacrificio en la cruz. Es precisamente a esto a lo que se refiere el Apóstol Juan cuando dice que podemos amar a Dios, no por nuestros propios méritos, sino porque ¡Él nos amó primero!

Dios nos amó tanto, que aún cuando éramos sus enemigos y le rechazábamos, decidió entregar su vida voluntariamente en una cruz, para que pudiéramos ser salvos por medio de su sacrificio, y tuviéramos acceso a su eterno amor, y cumplir así con el mandamiento perfecto de amarle con todo nuestro corazón.

Por todo esto, una vez que entendemos esta verdad, la más importante a la que podemos tener acceso, de que el amor de Dios nos hizo libres de la esclavitud a la que nos sometían el pecado, la concupiscencia y los deleites, y de que por medio de ese amor podemos amarle, pues nos capacita para poder hacerlo, la respuesta lógica es la de amarle con todo nuestro corazón, guardándolo así de volverse de nuevo al pecado y la esclavitud a la que nos sometía.


Dios espera que le amemos, no por nuestros méritos, o porque lo necesite, sino porque nos amó primero.


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Publicado por Juan Camilo Vélez León

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